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lunes, 24 de mayo de 2010

A propósito de un microrrelato al que le daba vueltas y ya había expuesto, en parte, en el blog: Desayuno y revelación

Durante todo ese tiempo que utilizamos para desayunar nos sentamos el uno frente al otro. Yo sonreía encantada, él me miraba fijamente, sin hablar. Sus ojos parecían decir algo, pero de momento no podía entenderlos. Al cabo de poco rato me disponía a fregar los platos. De repente se situó detrás de mí y dijo:
-Queda poco tiempo.
-¿Poco tiempo para qué?- pregunté.
-Cariño, te voy a matar.
Inmediatamente después salió de la cocina y escuché como salía de casa. No podía moverme, el miedo paralizaba mis piernas. En mi cabeza una única pregunta:
-¿Cómo lo habría sabido?
Varios días antes había vuelto a casa más tarde de lo acostumbrado. Había pensado mil excusas que poner antes de contar la verdad, nunca le contaría la verdad. Sin embargo, la sorpresa fue mía. Él no estaba en casa. Me puse nerviosa tratando de imaginar dónde y con quién podría estar. Al cabo de poco rato llegó y me dio una excusa idéntica a una de las que yo había imaginado.
-Lo siento, el jefe no me ha dejado salir antes. Recuérdame que nunca sea jefe. Así nadie me odiará.
-Mentiroso- pensé. Yo sabía muy bien que había hecho su jefe aquella tarde, pero no le dije nada, preferí no discutir. Al fin y al cabo ya no éramos el uno del otro, todo estaba perdido. Fueron pasando los días y al cabo de cierto tiempo me sorprendió con un rico desayuno y una propuesta que me habría asustado más si aquella mañana yo no hubiera manipulado los frenos de su coche.



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